Musica mundana


Estas son las preguntas del próximo examen de Renacimiento, con lo que yo contestaría. Suerte a todos.

1.- ¿Cuándo empieza y cuándo acaba el Renacimiento?

Empieza en 1473 con la caída de Constantinopla  en manos del Turco. Acaba en 1517 con la herejía de Lutero. En el primer caso, se produce un éxodo del cristianismo oriental, helénico, que fertilizará la cultura europea. En el desgraciado caso de Lutero y toda su séquito de émulos heréticos, el cristianismo se resquebrajará definitivamente, con efectos devastadores en la civilización europea que no han hecho sino agudizarse hasta nuestros días. Comparado a la longeva Edad Media, el Renacimiento no es sino un fugaz fogonazo, una supernova cultural, que irradia al pasado y al futuro, siempre desde Roma. Técnicamente yo la describiría como una triangulación entre la arquitectura románica, la gótica y la de la Grecia clásica. Es un concepto claramante arquitectónico, y por tanto la MÚSICA RENACENTISTA es esencialmente arquitectónica. Surgen valores como la perspectiva, el paisaje, el cuerpo desnudo. Del antiguo ideal de la POLIS surge un arte claramente político, claramente dirigido por los mecenas. La Iglesia seguirá teniendo gran poder artístico, pero actuará como mecenas político, muy mundano. La música, como el resto de las artes, se vuelve muy espectacular.

2.- Música religiosa.

Los principales compositores son Lasso, Palestrina, Victoria (ampliar información). Hace poco tiempo que ha surgido la personalidad del compositor. El compositor como genio, con libertad artística insospechada. El compositor viaja, se sofistica, crea una leyenda de si mismo. Todo ello todavía bajo una formalidad de servidumbre.

Aparte del monódico Canto Gregoriano, que sigue siendo el canto oficial de la Iglesia católica, los compositores componen misas polifónicas, para cuatro o más voces (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Agnus Dei), inspirándose en melodías gregorianas o incluso profanas. Se dan dos tipos de textura claramente diferenciadas: el contrapunto imitativo, donde unas voces imitan o persiguen a otras y viceversa;  y la homofonía, donde todas las voces van a bloque, dando especial énfasis al texto. Normalmente no hay acompañamiento instrumental, y cuando lo hay es para doblar las voces, para suplantarlas, por motivos festivos o por pura necesidad. Raramente se da el acompañamiento concertado, donde coro e instrumentos se alternan. En este mismo estilo se compone el género del motete, siempre sobre texto latino.

Los coros que cantaban estas misas, se componían de niños para la voz de soprano y contralto, y de hombres para el tenor y el bajo. No se contemplaba que cantaran mujeres, por lo cual se inicia la tradición de los castrati, tolerada por la Iglesia, aun cuando estuviera oficialmente contraindicada.

La POLICORALIDAD es el empleo espectacular de varios coros en diferentes lugares de una iglesia para dar un realce a determinadas ocasiones festivas.

3.- Música instrumental.

Del mismo modo que comienza a aceptarse el cuerpo desnudo en las obras de pintores y escultores, en la Iglesia empiezan a tener permiso instrumentos que antes se hubieran considerado pecaminosos. El órgano había sido hasta entonces el único instrumento que se toleraba en el culto, para ayudar a entonar al coro. De hecho el órgano renacentista refleja la perfección a la que ha llegado el TECLADO COMO CAMPO DE EXPERIMENTACIÓN del compositor. Será lo mismo que la brújula y el sextante para el marino, o el telescopio para el astrónomo. Otros instrumentos de tecla que surgirán en esta época, serán el clavicordio y el clavicémbalo, en principio como meros sucedáneos del mayestático órgano.

Así como los instrumentos melódicos en la Edad Media se limitaban al registro agudo, en el Renacimiento se desarrollan las familias instrumentales, con todos los tamaños necesarios para conseguir toda la tesitura vocal con un timbre homogéneo. Así tenemos la familia de las flautas, la de las trompetas, cornetas, oboes, cromornos. En el caso de los instrumentos de cuerda tenemos las familias de los violines, las violas, y las diferentes formas de laúd, guitarra o vihuela, así como el arpa.

Distinguimos entre INSTRUMENTOS ALTOS e INSTRUMENTOS BAJOS. Los “altos” son aquellos cuya potencia permite su uso en grandes espacios o al aire libre (trompetas, bombardas), mientras que los “bajos” tienen un timbre y una potencia más adecuados para interiores (por ejemplo la flauta, el clavicémbalo). El clavicordio tiene un sonido tan delicado que está consagrado a la música más íntima, interpretada a solas.

 

Hoy, día de San Geroncio, es un día fausto en la Domus del Kapellmeister. La tapa de mi clavicordio Clavileño por fin ha sido cosmogonizada. El competente y leal artista luxurians de los pinceles don Joannes ViBcherius dio término al Cielo del Kapellmeister (Kapellmeistershimmel). Mi ministro de Pintura tiene orden de conceder a ViBcherius un título nobiliario junto con el gobierno de una ínsula y el goce efectivo de todas sus prebendas. Se decretan tres días de festejos, y esta semana estaré afable y de un insólito buen humor. Los ciudadanos de la república luxurians estáis invitados a venir a la Domus  Luxurians a contemplar la obra de arte al son del más noble de los instrumentos, que aguantó con admirable estoicismo el destierro de su amada tapa.

Amplío una vieja leyenda. La leí en una nota erudita de un libro de Pascal Quignard, titulado El Odio a la Música. Sólo la aderezaré con sueños y reflexiones. Invento los diálogos y los recuerdos.

En el siglo XI de la era de Nuestro Señor, hubo un rey, Luís XI, de gran cultura, sensibilidad, refinamiento y CRUELDAD. Las crónicas de la época nos permiten describirlo como gran PROTOMÚSICO. Tenía además un gran preceptor DEUTEROMUSICAL en el abate de Baigné, hombre de un oído dogmáticamente infalible, cuyo juicio era temido por todos los músicos, luteros y organeros de la corte.

Palacio de Plessis-les-Tours. Gobierna Gaguin en calidad de ministro. El rey Luís pide silenciosamente una copa de vino. Dentro del vino vemos caer unas gotas de un fluido rojo, un rojo muy vivo, de justa brillantez. Suponemos que se trata de la misma ritual y ceremoniosa sangría que el físico del rey practica en uno de los súbditos de más perfecta y equilibrada complexión, quien no considera un deshonor semejante servicio.

Luis TIENTA al órgano. Es decir, toca un TIENTO. Nadie lo sabe, pero en tiempos de Luis XI ya existía el TIENTO HISPÁNICO, música especulativa de carácter esotérico y por tanto mantenida en el más hermético secretismo. En mitad de su tiento el rey hace una pausa, un silencio. Un silencio caprichoso, una cesura, una incisión. Se levanta, toma unos cortes de fragante jamón de bellota, recién traído de Hispania. Engulle con fruición. Prosigue su tiento con manos pringosas, como si quisiera demostrar que para él la música es el colmo de la SINESTESIA. Mejor dicho, una PANSINESTESIA, totalitaria.

-Baigné, ¿habéis captado la idea?

-…

-¿Será verdad que “del cerdo TODO SE APROVECHA”?

-…

-Querido Baigné, necesito demostrar la COMESTIBILIDAD DE LA MÚSICA. Es vital para la prosperidad del reino. Habría que construir un órgano de cerdos, esto es, un PORCINÓFONO. Sólo conozco una persona capaz de llevar a cabo una empresa tan temeraria. Esa persona sois vos.

-Es arriesgado. Pero en honor a la verdad, os diré, majestad, que yo ya hice mis lucubraciones porcinofónicas. Años ha llevé a cabo algunos experimentos e incluso dibujé los planos de un órgano porcinofónico. Pero desistí por lo descabellado.

-Pide lo que quieras por hacer algo descabellado.

Sin pensarlo ni un momento, como si el abate de Baigné supiera que aquel improbable momento habría de llegar, fue pronunciando sus exigencias, en número de tres, todas ellas muy lícitas y razonables:

-En primer lugar necesito los fondos que sean necesarios para costear tan ardua empresa. En segundo, deben cencedérseme tres meses de plazo. Y en último lugar, el permiso real para ejecutar la música que yo crea conveniente en el ingenio porcinofónico, en el claustro de la abadía de Marmoutier.

-Esto yo lo concedo.

Chocaron sus puños como símbolo de lo acordado, y al abate le cupo el honor de beber de la copa real.

Cómo hizo Baigné para reclutar a través de todo el reino los mejores cerdos, cerdas, cochinillos, cochinillas, jabalíes, jabalinas, jabatos, jabatas; cómo para castrar con éxito los mejores cochinillos y jabatos; cómo para adiestrarlos en los más insondables misterios de la modulación vocal, es algo que requirirá la imaginación del lector. El caso es que mientras tanto el rey Luís XI, tras haberlo proclamado en la corte -como es muy lógico- no logró tanto crear una noble expectación cuanto la chacota general de sus notables y el resto de la corte. A nadie extrañará, por otra parte, que la envidia hacia el ingenioso Baigné tuviera mucho que ver con la hostilidad hacia su proyecto.

Llegado el día señalado, vemos de un lado el incógnito ingenio construido por el abate de Baigné, con dos desafiantes teclados a modo de feroces mandíbulas, enfrentadas a un graderío presidido por el trono real, muy próximo éste al pozo del claustro. Acaso el mismo pozo por el que el antepasado real Juan del Oso descendiera al centro de la Tierra para convertirse en un héroe descubridor de la música.

Súbitamente, el soberano dio la orden de empezar. Entonces el abate se instaló de pie ante el teclado y empezó a presionar las teclas con los pies y las manos, como cuando se toca el órgano hidráulico. Los cerdos, encerrados en sus respectivas jaulas comenzaron a hozar por turno cada vez que eran pinchados por agudas puntas de zapatería conectadas a sus respectivas teclas. Resultó una música de irreal belleza, armoniosa de verdad, es decir, polifónica, de escucha agradable y variada, pues el abate de Baigné, que era un excelente músico, después de empezar con un canon, prosiguió con dos bellísimos tientos y concluyó con tres motetes magistralmente compuestos, que complacieron a Su Majestad.

No contento con oír aquella música una vez, el rey Luis XI pidió al abate que la ejecutara una segunda vez.

Después de esta repetición, cuya armonía fue del todo idéntica a la primera, los señores y las demás personas de la corte se volvieron hacia el rey juzgando que el abate de Baigné había cumplido su promesa, y empezaron a elogiar al abate. Un noble escocés que se hospedaba en la corte del rey de Francia murmuró “Cauld Airn!” mientras apretaba la empuñadura de su espada.

El dijo que le legaba, tal como lo había jurado, la suma desembolsada por el tesoro real para comprar los cerdos y edificar la tienda de campaña el órgano y las graderías. El abate de Baigné empezó por arrodillarse y dar las gracias, y levantando la cabeza murmuró:

-Majestad, he enseñado a cerdos a decir ABC en veinticuatro días. En treinta y cuatro años no he podido enseñarlo a reyes.

Estentórea, cósmica fue la carcajada emitida por el astuto soberano, quien dio orden inmediata de comenzar un banquete en honor de Baigné, a quien quiso conceder todo tipo de prebendas y beneficios.

Pero el abate declinó toda aquella dádiva regia, y pidió permiso para acabar sus días como eremita con una montaraz gruta por techo.

Hoy sale la segunda entrega del Curso de Monocordio. La técnica audiovisual ha mejorado, si bien todavía veo muchas cosas que se pueden mejorar. Quiero agradecer encarecidamente la colaboración de mi secretario Víctor.

Recordemos que el Monocordio es un INSTRUMENTO FILOSÓFICO o PROTOMUSICAL. Requiere una virtud ULTRAMUSICAL para poder tocarlo.

No es ningún secreto que mi arma preferida es el submarino. Tanto es así que en su día creé el Ministerio de Asuntos Submarinos, el MAS. Mis discípulos y subordinados saben positivamente que es un tema que me chifla, y deben seguirme la corriente si no quieren resultarme antipáticos o caer en mi olímpica indiferencia.

Una de las grandes virtudes cosmogónicas del submarino, y muy necesaria para un kapellmeister, es la necesidad crucial de que toda la dotación guarde SILENCIO, sobre todo en los momentos en que un destructor enemigo anda merodeando. Con gran facilidad el cazador puede pasar a ser la presa. Dicho silencio es un silencio tenso, creativo. No en vano, las catárticas algarabías que ocasionalmente se forman en el SENO DEL SUBMARINO tienen asegurada una gran calidad musical. El silencio es lo que tiene: que es muy fértil. y cuando digo SENO DE UN SUBMARINO, algunos discípulos luxurians ya os habréis dado cuenta de que me estoy refiriendo a la música de la gruta prehistórica, a la velada música incógnita del chamán.

El submarino es la perfecta y cosmogónica hibridación de los dos instrumentos más elevados, más verticales de que dispone el ser humano: el simplicísmo y profundísimo MONOCORDIO (cfr. las antenas del submarino, con su puente), y el sofisticadísmo y etéreo ORGANO (cfr. capitán Nemo organista).

El kapellmeister vuelve a retomar el proyecto de fundar una editorial musical. Esta editorial, cuyo nombre será EDITIO KAPELLMEISTER LUXURIANS, se centrará en los clásicos y en la obras del propio Kapellmeister.

Uno de los caballos de batalla de esta empresa será la tipografía. De todos es sabido que en todas las editoriales la tecnología digital ha desplazado a los tipos móviles. Pues bien, en Editio Kapellmeister Luxurians nos proponemos desfazer tal entuerto. Compraremos algunos talleres, con su maquinaria, que todos consideran obsoleta y crearemos tipos móviles. Yo mismo los diseñaré, uno por uno. Primero las claves, luego las notas, y luego las diversas grafías así como el alfabeto y sus grafías. Mandaremos hacer planchas para las portadas, etc.

Para empezar, propongo para universal aprobación, MI CLAVE DE SOL, de tipo PRAXITELIANO, AFLAMENCADA y cuajada de RELACIONES ÁUREAS. Está hecha a compás para crear un diseño que recrea el hiperespontáneo trazo de una pluma de oca perfectamente tallada. Mi Procedimiento y los centros de los arcos tangentes son un secreto que guardo celosamente. Sólo puede decir que sudé tinta china, con la cual por cierto rellené la clave en tamaño de A3.

No olvidéis que esta clave representa una G, que es como nuestros mayores llamaban a la nota SOL. Solve Polluti. Disuelve Nuestros Pecados. Así dice el gran Guido de Arezzo. No en vano, yo en ella quiero ver el caduceo de Mercurio. La clave de sol como vara para hacer magia, rama dorada, panacea universal, piedra filosofal.

Tan feliz estoy con mi clave, que me paso las horas contemplándola.

El Kapellmeister ha empezado a impartir un seminario de MONOCORDIO por Youtube. Aprovecho esta entrada de mi cuaderno de bitácora para mostrar la primera entrega, a guisa de introducción, por si acaso a alguien le interesara esta árida asignatura.

Soy consciente de una cierta precariedad técnica, que iremos subsanando en futuros fascículos.

El silencio de la música en la prehistoria

La prehistoria –no hay escritura- es una época pródiga en imaginación. Año 21.000 antes de Cristo. La música de esta época hay que situarla en el seno del antiguo teatro de la ópera, esto es, la gruta. Música grotesca. La gruta es en sí misma un instrumento musical. Entonces la música era entrañable. Porque estaba en las entrañas de la tierra. La música era impresionante. Literalmente impresionante. En aquella cueva tenían lugar cantos mágicos. Un Chamán celebraba sus ritos antes los notables de la tribu. Es la música culta, es la música jerárquica, la música reservata, la música oculta. No había experimentos ni nada que se le pareciera. Siempre, desde el principio había un cargo de gran importancia: el censor musical se ocupaba de velar por la pureza de la música. La ausencia de esa pureza equivale al defenestramiento y engullimiento del malhadado sacerdote. Esa música es una música cazadora. Hay que cazar el favor de la divinidad. Y con algo así no se juega. El chamán es, lógicamente el precursor de Nuestro Señor Jesucristo.

La música es siempre la misma, pero su capacidad para seguir impresionando es innegable. No hablamos de música profana. No estaba inventada tal cosa: la música no se escribía. Eso hubiera sido profanarla, especularla. Hacer trampa con ella. Una música limpia, inodora, discreta, astuta, zorruna, renardesca, que no deja rastro. Gracias a la discreción y al secretismo del chamán inmemorial hoy podemos sobrevolar la prehistoria musical sin demasiadas complicaciones, sin técnica, sin erudición.

Nos obliga todo ello a una humildad, a una obediencia, a una fe (católica, por supuesto), a un silencio. Un silencio muy serio, que a menudo no sabemos interpretar ni mucho menos respetar. “De eso no sabemos nada”. Es lo que todos los manuales de Hª de la Música nos dicen en el epígrafe correspondiente, caso de haberlo. Esa humildad de la que hablamos nos da una alternativa: o bien nos sentamos a escuchar la narración del filósofo que glosa el nacimiento de la Hª de la Música, o bien uno mismo se sacrifique adoptando tal personalidad, impersonándola.

VERTICALIDAD DE LA MÚSICA

Tengo en mi abigarrado museo –que es mi morada familiar- un monacordio (clavicordio para los menos avezados) que me tiene entretenido. Se llama Clavileño. Es mi baiser d’amour particulier. No queráis saber cómo nos amamos él y yo. Lo encuerdo puntualísimamente, lo afino cada vez que una nota me tose un poco. Todo tipo de desvelos. Por fin parece que le he encontrado un sitio de honor, libre de geopatías, que recoja y amplifique convenientemente su discreta, noble, viril sonoridad.

Pues bien. Le quiero dar una sorpresa como regalo de cumpleaños. Veréis, para hacer el amor con mi Clavi he de abrir su tapa rectangular, que queda en posición verticaloide, de manera que se puede leer su nombre flanqueado por el pronombre ego: EGO CLAVILEGNUS EGO. En letras de oro. Esto yo lo encuentro desangelado, desnudo de cosmogonía, y parece que el instrumento lo acusa en forma de esporádicas depresiones, que incluso pueden llegar a afectar a nuestra relación de pareja. Como yo soy un músico esencialmente vertical -es decir, fanático- quiero que en su tapa se refleje el orgullo de una verticalidad soberbia, monacórdica, del sumo heroísmo musical. Quiero una policromía renacentista, de un preciosismo apabullante. Curativo. Y para ello necesito a un pintor de la verticalidad.

Fue hace una semana, durante una noche de febril estudio. De repente me sentí gravemente indispuesto. Sentí como si viniera del cielo abierto una luz ígnea que se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía, sólo era caliente, del mismo modo que calienta el sol todo aquello sobre lo que pone sus rayos. Y de pronto tuve una visión, muy detallada. Era yo en atavío úrsico. Me ato sólidamente una soga bajo mis brazos. Bajo al fondo de un pozo. El agujero se hunde verticalmente en la tierra; no percibo el fondo. Las paredes son viscosas y algunos murciélagos huyen sigilosamente en la oscuridad. El descenso dura tres días plenos, eternos.

Al cabo del tercer día, con un báculo de cuarenta quintales tiento el fondo de la tierra. Me libero de mi soga. Doy algunos pasos en la inmensa caverna donde acabo de llegar.

Una gran pila de huesos cubre el suelo.

Camino en medio de los cráneos.

Entro en un castillo en medio de la gruta. Camino, pero mis pasos ya no resuenan.

Arrojo mi cayado de cuarenta quintales en el suelo de mármol; el ruido es de pluma de pájaro que cae en la nieve.

Enseguida comprendo que este castillo es la morada donde los sonidos no pueden nacer.

Alzo la mirada hacia un gato gigantesco tallado en calcita, en vidrio luminoso, en cristal. En la frente del gato inmenso un carbunclo resplandece en la oscuridad. Por doquier hay árboles cargados de manzanas de oro que rodean una fontana muda: el agua brota y cae sin que nada se escuche.

Sentada al borde de la fontana, una joven, bella como la aurora, peina su cabellera con un creciente de luna.

Me aproximo, pero ella no me ve. Los ojos de la joven maravillosa siguen irresistiblemente clavados en los fuegos del carbunclo que hechiza el lugar.

Quiero hablarle: planteo mi pregunta. Pero mi pregunta no resuena.

La mujer está embrujada –pienso- y voy a enloquecer en este silencio de muerte”.

Entonces alzo mi cayado de cuarenta quintales, lo blando y asesto un fuerte golpe en la cabeza del gran gato de cristal. Todas las estalactitas se quiebran y emiten el canto más bello del mundo. La fontana murmura. Las losas resuenan. Las hojas susurran en los ramajes de los árboles. Las voces hablan.

Es el monocordio universal.

Es la verticalidad de la música.

Monocordio - Monocordi

Ayer sábado, dia de Nuestra Señora de la Paz, llegó a casa Monocordius Nuclearis, construido en los astilleros de Caesar Augusta.  El Kapellmeister ha de tener su monocordio. Como yo soy un Kapellmeister de buena familia, mi monocordio es más bien suntuoso, con una impecable greca, construido en madera de selectísimo nogal, y que ha de ser tañido con pluma remera de buitre soriano.

Pocos dias ha, fui dichoso al conocer que un gran sabio de estos pagos, el Duque de Valgris Renard II está trabajando en la construcción de una panacea universal que él da en llamar imaginador ortopédico. Todo ello suscita en mí una agitada expectación, una ansiosa esperanza, una inexpresable impaciencia ante lo que ha de mejorar la vida de toda la humanidad, en estos momentos muy necesitada de elementos cosmogónicos.

No obstante, yo entiendo, que aquello que más se acerca hoy en dia al ideal renardológico del imaginador ortopédico, su concreción más plausible a dia de hoy, es mi Monocordius Nuclearis.

En la instantánea podréis apreciar un momento  de delirante arrobo durante el transcurso de mi recital inaugural de monocordio, donde se interpretaron piezas de mi autoria.

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