Hoy hablaremos de LA VERTICALIDAD EN MÚSICA. Acabo de llegar del Vaticano. Estuve cumpliendo una importantísima misión diplomática por encargo directo de nuestro amado dogo valensis. En la apretada agenda hubo un gozoso apartado para entrevistarme con Benito XVI, hombre santo y de una inteligencia imparangonable en mi larga experiencia como hombre de dilatada carrera diplomática. Os voy a relatar los términos de la entrevista. Lo cierto es que toda ella versó sobre música litúrgica; no me preguntéis por qué. La elocuencia del Primado hizo el resto. Paso a glosar el contenido del despacho, tal como lo recuerdo.

 

Joseph Ratzinger sobre la música litúrgica

 

Ratzinger no ve con buenos ojos la música rock y derivados, y mucho menos contaminando la liturgia de la iglesia. A Mozart, en cambio, ya lo ve mejor. Mozart no es incompatible con la saludable noción burguesa de hausmusik, actividad que sirve, entre otras cosas para mantener a la familia unida en sana armonía.

 

Los teólogos no deben entrar en cuestiones puramente musicales, pero sí pueden y deben investigar los lazos que se tienden entre fe y arte. En este sentido, tres DESAFÍOS se plantean:

 

a)      El desafío cultural contra la bíblica cultura de la fe. Es decir, cultura, a secas -lo cual es lamentable- contra cultura de la fe.

b)      El desafío sociológico contra la auténtica antropología cristiana.

c)      El desafío “postconciliar” contra la liturgia cósmica.

 

Pasaré a desarrollar los tres desafíos.

 

a)      Cultura (desnuda, nihilista, relativista, etc) contra cultura de la fe plasmada en la Biblia.

 

Ya que la música eclesiástica es fe convertida en una forma de cultura, hay que admitir, por tanto, que aquélla está implicada en la conflictiva, problemática naturaleza de la relación que hoy se da entre iglesia y cultura. A pesar de la crisis que en este sentido se dio en los tiempos del Renacimiento, pero de manera más agresiva en el siglo de las luces, hemos tenido la suerte de contar con una tendencia restauradora en el siglo XIX. Se sentaron las bases para recuperar la polifonía palestriniana, al par que de Solesmes surge un plausible gregoriano en perfecto orden de funcionamiento. Pero lo cierto es que, en el momento presente, debido a una desgraciada cadena de “dislocaciones” culturales, hemos perdido la noción de cómo la fe puede y debiera expresarse culturalmente en nuestra época.

 

El panorama desde el punto de vista de la “cultura a secas”, sin fe, es sencillamente desolador. En ausencia de religión el arte se convierte en un insustancial, vago, vacuo esteticismo sin dirección ni propósito de ningún tipo. En este terreno, más bien estéril, la música se divide en dos reinos: la música “pop” como bien de consumo, y por otra parte, la música seria construída con una exquisita y aberrante racionalidad (una forma degenerada, elitista de música “clásica”), también como bien de consumo. Por suerte nos queda una vía media, equilibrada sensata, que es permanecer en la música familiar que antecede y trasciende infinitamente estas divisiones. Esta música, en el seno de la comunidad, de la familia, emociona inefablemente a la persona en su integridad, y lo sigue haciendo hoy. Esta debe ser la verdadera noción de lo que es la música eclesiástica. Es una noción de la que deriva la profana correspondencia de hausmusik. Por haus entendamos la casa del Señor. Así de fácil.

 

No podemos esperar que la iglesia se someta a la cultura moderna, que, al perder su fundamento religioso, se halla en un eterno proceso de duda en sí misma. Ensimismada duda. Siempre se pone en duda a sí misma, no encuentra una identidad. Escapa hacia la nada. Es hora de que la cultura detenga esta dinámica, y se abra a una cura, a una reconciliación con la religión, y deje de ser tan crédula con valores como el progreso, que no conduce a nada.

 

Veamos la Biblia. El Salterio es como un puente entre la Ley y los Profetas, y otro tanto entre los dos Testamentos. En un momento dado se nos exhorta a “cantar alabanzas con un salmo” (Ps 47, 7). No pocas son las traducciones que el correspondiente vocablo hebreo, maskil, ha tenido a lo largo de la Historia: canto inspirado, tañer con todo el arte, cantar con arte, cantar con entendimiento (para que entendiéndolo uno mismo, lo entiendan los demás), cantar sabiduría, etc. El caso es que el canto de los salmos inspirados implica a la persona toda, en cuerpo y alma, con todas sus facultades, en el culto divino.

 

La primera palabra del verso “cantad alabanzas con un salmo”, zamir en hebreo, está también cargada de historia. Se hace énfasis en el cantar articulado, en relación a un texto, generalmente con acompañamiento instrumental. En acusado contraste con la música de culto orgiástico de los paganos, zamir se refiere a la música centrada en el logos. Y es en este sentido que la Septuaginta traduce psallein, dando por ello un nuevo significado a una palabra griega que hasta entonces solamente aludía a tañer instrumentos de cuerda.

 

Ratzinger extrae tres conclusiones. De la orden “cantad al Señor” se infiere que la expresión musical es parte de la auténtica respuesta humana a la revelación divina.

 

En segundo lugar. No existe propiamente una fe libre de la influencia de una cultura dada, y que por tanto pueda ser reasimilada culturalmente de manera arbitraria. La decisión en términos de fe trae consigo una decisión en términos de cultura. La fe por sí misma crea cultura, y esta cultura de la fe no es en absoluto un ropaje con el que la fe se pueda vestir o del cual pueda despojarse a capricho. La cultura de la fe es capaz de encontrarse con otras culturas contemporáneas. Y esta habilidad para comunicarse y para florecer también encuentra su expresión exacta en el constante imperativo: “Cantad al Señor un salmo nuevo”. La interpretación cristológica de los salmos es un ejemplo particularmente llamativo de esta capacidad para desarrollarse en lo que es un forma cultural irrevocable y fundamental.

 

En tercer lugar. Dos sentidos nos interesa tener presentes. Por un lado, cantar conforme a la “sabiduría” (sapienter) conlleva un arte orientado a la palabra, que no se preocupe solamente de resultar inteligible, sino que se halle bajo la primacía del logos y nos demande nuestros más elevados poderes morales y espirituales. Por otra parte, la instrucción “con todo el arte” nos da a entender que el encuentro con Dios obliga a una persona a dar lo mejor de sí misma. Dios dio a Moisés especificaciones detalladas para el tabernáculo. De hecho, la actividad artística se postula en el Libro del Éxodo como una participación en la creatividad de Dios.

 

Como conclusión general. A la luz de los hechos resulta evidente que ni la música “pop” ni la música de los elitistas estetas son adecuadas para el culto divino. Estos últimos, al proclamar que el arte “no tiene otro fin que el arte”, elevan al compositor al nivel de “creador puro”. Pero, de acuerdo con la fe cristiana, la esencia del ser humano no procede sino del arte de Dios, y en tanto que las percibimos, podemos pensar y contemplar con Dios sus ideas creativas, y podemos TRADUCIRLAS a lo visible y a lo audible.

 

Por último, podríamos decir que la música litúrgica de la Iglesia siempre ha recurrido a la música popular para renovarse. Nunca faltará quien pregunte, ¿No es acaso la música “pop” precisamente lo que la Iglesia necesita para poder comunicarse con la cultura contemporánea?. En esta cuestión Ratzinger aconseja andar con mucho tiento. En el pasado, la música que hoy conocemos como “folklórica”, la música del pueblo, no era sino la expresión de una comunidad claramente definida, cohesionada por un lenguaje, una historia y una forma de vida. Y, al surgir de una experiencia humana fundamental, ella en sí misma llevaba una verdad, por más ingenua que nos resultara. Pero la música “pop”, por el contrario, es un producto “estandarizado”, propio de la sociedad de masas, una ecuación de oferta y demanda. No hay duda de que la constante presencia de tal ruido supone un continuo lavado de cerebro. Por otra, parte al oírla (obaudire, “obedecer”) ella nos incapacita para escuchar, entramos en un coma musical. Es un medio que mata el mensaje.

 

Aquí Ratzinger apostilla, para insistir en que la fe no se debe trivializar con la excusa de “inculturarla”. Claro está que hoy no tenemos por qué limitar la música litúrgica al estricto canto de los salmos, pues hoy disponemos de un gran acervo de buena música litúrgica al que recurrir. Pero contener la avalancha de insensatas tentativas para introducir formas musicales “modernas” en la liturgia, requiere el coraje del ascetismo, el coraje para saber contradecir, para decir “no”. Solamente de tal coraje puede surgir una nueva creatividad.

 

Es posible que el Kapellmeister vuelva a Roma para analizar con Ratzinger los dos desafíos restantes, verbi gratia: el “sociológico” y el “postconciliar”.

 

Es evidente que mi clavicordio siente un orgullo desmedido por llamarse CLAVILEGNUS, y debe ser por tal razón que se complace en flanquear su nombre por el personalísimo pronombre EGO. Para mí tengo que en uno de sus eternos momentos de tedio creativo le dio por leer las Obras Completas de Cervantes, y allí encontró la figura de un caballo de madera que por toda rienda tenía una clavija y que fue montado exclusivamente por un excéntrico caballero hispánico. Lo cierto es que mi Clavilegnus no tiene una, sino ciento y veintidós clavijas. Él es perfectamente consciente de que hay muchas doncellas barbudas por desencantar, y que hoy son legión los burlones Malambrunos y los descreídos Sancho Panzas, por lo cual se presenta una empresa heroica y el viaje promete ser odiseico. ¡Viva Clavilegnus Aligerus Luxurians!

(Capítulo XLI de la Segunda Parte del Quijote)

Si hace unas semanas el Kapellmeister rindió homenaje al base de los Toronto Raptors, Calderón, hoy no cabe ningún género de excusa para dejar de hacer lo mismo, con mucha más razón, con el inconmensurable Pau Gasol, que ha puesto una pica en Flandes, al ser el primer hispanus en conseguir el anillo de World Champions, con los legendarios Lakers.

Gasol tiene la sangre fría balcánica, la disciplina norteamericana, la genialidad mediterránea y la rauxa catalana, la garra catalana. Sus declaraciones en los medios de comunicación dejan ver una buena persona, realista y humilde en todo momento.

El Kapellmeister anuncia que para el curso que viene traslada su cátedra a una importante ciudad del ducado de Valgris. Para empezar con buen pie y dar buena impresión ya he pensado en mi medio de locomoción, que será un velocípedo fabricado en Manchester (al tanto con esta cuestión, pues los velocípedos, para ser auténticos velocípedos tienen que estar fabricados en Manchester).  El bombín es un complemento preceptivo. Soy consciente de que para viajar en este hipercosmogónico artilugio deberé pasar por un entrenamiento intensivo y exhaustivo, al objeto de poder manejarlo con británica y apolínea elegancia, lo cual incluye montar, desmontar y trazar las sinuosa ruta que lleva a mi nueva institución, teniendo en cuenta que en una mano habré de portar los preceptivos paraguas y maletín.

Hoy he ido con mis fieles luxurians a la playa a dar la lección de música. Ha sido satisfactorio. Mejor sentir la arena bajo los pies desnudos, el sol, la brisa marina, y encontrarse con uno mismo y con los compañeros de viaje, que estar en aquella prisión.

El que hoy tiene mención sobresaliente es el luxurians Miquel Pallejà, que ha dejado a todos boquiabierto con sus acrobacias. Una sana envidia se apoderó de todos. En la instantánea se aprecia la olímpica plasticidad de su ejercicio.

¡Larga vida a mis fieles luxurians!

Explíquenme POR QUÉ LA MÚSICA ES COMESTIBLE. Beethoven deja unos apuntes interesantes al respecto de sus TRIPAS. Esta película refleja muy bien el CÍNICO PERFECCIONISMO del maestro de Bonn.

Estas son las preguntas del próximo examen de Renacimiento, con lo que yo contestaría. Suerte a todos.

1.- ¿Cuándo empieza y cuándo acaba el Renacimiento?

Empieza en 1473 con la caída de Constantinopla  en manos del Turco. Acaba en 1517 con la herejía de Lutero. En el primer caso, se produce un éxodo del cristianismo oriental, helénico, que fertilizará la cultura europea. En el desgraciado caso de Lutero y toda su séquito de émulos heréticos, el cristianismo se resquebrajará definitivamente, con efectos devastadores en la civilización europea que no han hecho sino agudizarse hasta nuestros días. Comparado a la longeva Edad Media, el Renacimiento no es sino un fugaz fogonazo, una supernova cultural, que irradia al pasado y al futuro, siempre desde Roma. Técnicamente yo la describiría como una triangulación entre la arquitectura románica, la gótica y la de la Grecia clásica. Es un concepto claramante arquitectónico, y por tanto la MÚSICA RENACENTISTA es esencialmente arquitectónica. Surgen valores como la perspectiva, el paisaje, el cuerpo desnudo. Del antiguo ideal de la POLIS surge un arte claramente político, claramente dirigido por los mecenas. La Iglesia seguirá teniendo gran poder artístico, pero actuará como mecenas político, muy mundano. La música, como el resto de las artes, se vuelve muy espectacular.

2.- Música religiosa.

Los principales compositores son Lasso, Palestrina, Victoria (ampliar información). Hace poco tiempo que ha surgido la personalidad del compositor. El compositor como genio, con libertad artística insospechada. El compositor viaja, se sofistica, crea una leyenda de si mismo. Todo ello todavía bajo una formalidad de servidumbre.

Aparte del monódico Canto Gregoriano, que sigue siendo el canto oficial de la Iglesia católica, los compositores componen misas polifónicas, para cuatro o más voces (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus, Agnus Dei), inspirándose en melodías gregorianas o incluso profanas. Se dan dos tipos de textura claramente diferenciadas: el contrapunto imitativo, donde unas voces imitan o persiguen a otras y viceversa;  y la homofonía, donde todas las voces van a bloque, dando especial énfasis al texto. Normalmente no hay acompañamiento instrumental, y cuando lo hay es para doblar las voces, para suplantarlas, por motivos festivos o por pura necesidad. Raramente se da el acompañamiento concertado, donde coro e instrumentos se alternan. En este mismo estilo se compone el género del motete, siempre sobre texto latino.

Los coros que cantaban estas misas, se componían de niños para la voz de soprano y contralto, y de hombres para el tenor y el bajo. No se contemplaba que cantaran mujeres, por lo cual se inicia la tradición de los castrati, tolerada por la Iglesia, aun cuando estuviera oficialmente contraindicada.

La POLICORALIDAD es el empleo espectacular de varios coros en diferentes lugares de una iglesia para dar un realce a determinadas ocasiones festivas.

3.- Música instrumental.

Del mismo modo que comienza a aceptarse el cuerpo desnudo en las obras de pintores y escultores, en la Iglesia empiezan a tener permiso instrumentos que antes se hubieran considerado pecaminosos. El órgano había sido hasta entonces el único instrumento que se toleraba en el culto, para ayudar a entonar al coro. De hecho el órgano renacentista refleja la perfección a la que ha llegado el TECLADO COMO CAMPO DE EXPERIMENTACIÓN del compositor. Será lo mismo que la brújula y el sextante para el marino, o el telescopio para el astrónomo. Otros instrumentos de tecla que surgirán en esta época, serán el clavicordio y el clavicémbalo, en principio como meros sucedáneos del mayestático órgano.

Así como los instrumentos melódicos en la Edad Media se limitaban al registro agudo, en el Renacimiento se desarrollan las familias instrumentales, con todos los tamaños necesarios para conseguir toda la tesitura vocal con un timbre homogéneo. Así tenemos la familia de las flautas, la de las trompetas, cornetas, oboes, cromornos. En el caso de los instrumentos de cuerda tenemos las familias de los violines, las violas, y las diferentes formas de laúd, guitarra o vihuela, así como el arpa.

Distinguimos entre INSTRUMENTOS ALTOS e INSTRUMENTOS BAJOS. Los “altos” son aquellos cuya potencia permite su uso en grandes espacios o al aire libre (trompetas, bombardas), mientras que los “bajos” tienen un timbre y una potencia más adecuados para interiores (por ejemplo la flauta, el clavicémbalo). El clavicordio tiene un sonido tan delicado que está consagrado a la música más íntima, interpretada a solas.

 

Tras haber revisado cuarentenas y cuarentenas de Lascia ch’io pianga, me complace especialmente la que nos ofrece la mezzo rumana Iordachescu. No hay palabras. Que las pongan otros menos impresionados por la belleza de esta Calíope.

 

Esta dama es Richeutz, buena amiga de la familia. Tan vasta es su cultura, tan esclarecido su discernimiento, tan refinado su gusto artístico, tales son sus poderes oraculares que el kapellmeister, con la debida licencia ducal, la ha nombrado Ministra de Asuntos Editoriales de la República Luxurians. A ella encomendaré de forma inminente la edición de mi Pianogonía, verdadera Enciclopedia del Piano que sentará incontestable cátedra. Como se puede apreciar, mis psicopompos la felicitan efusivamente por su solemne nombramiento.

Me preguntaba el otro día un Luxurians si daba lo mismo decir CARRACA o MATRACA. Ambos términos se suelen emplear en la actualidad de manera indistinta, para referirse a lo que en puridad es una CARRACA.

Las CARRACAS son los típicos idiófonos de madera con una rueda dentada que va percutiendo una lámina. Su uso se pierde en la noche de los tiempos, y lo encontramos en las procesiones de Semana Santa, así como en cualquier arsenal de juguetes infantiles. La MATRACA,  en cambio, es un “instrumento de palo con unas aldabas o mazos de que usan los religiosos para hacer señal a maitines, y en las iglesias catedrales para tañer a las horas los tres días de la Semana Santa, que cesan las campanas” (Diccionario Covarrubias). El Diccionario de la Real Academia Española abona esta distinción entre CARRACA  y MATRACA (que puede ser de mano, o bien de campanario).

Este link lo ilustra de manera excelente.

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